Archive for the 'Mixcoac' Category

Weekend

Ahora si que no aguanto más. Puedo entender el arrebato, pero no aguanto más. Me voy cayendo, con el arma en la mano, sosteniendo las últimas miradas que buscan a alguien que pueda tenderles la seguridad del minuto siguiente, aunque sea solamente la sensación fría que recorre la espalda, el sudor de las manos, el miedo que sube a la cabeza como una presión que pareciera querer estallar; lo que quieren es la certeza provisoria de saber que tendrán un futuro capaz de prolongarse por muy delgado que sea su espesor, pero un futuro al fin de cuentas; que sea como un ancla o un molino es lo de menos. Denme un punto de apoyo y moveré al mundo decía Galileo. Esta base es mucho más modesta e intuitiva, busca la sobrevivencia biológica en el seno de lo inorgánico. Ser una piedra o un frasco de humo, pero ser.

Siento el arma retroceder tras el primer disparo. Mi caída es una caída oblicua,

Paso es el paso del mulo en el abismo,

y al final árboles encajo en todo abismo.

Cuerpo, quien fuera cuerpo y más cuerpo.

Escucho un grito desgarrado, la confesión de impotencia. La impotencia del cuerpo cálido por resistir al embate del bólido extraño que penetra como el fuego, metalurgia sagrado.

Todo se fragmenta. El tiempo, con su locura de órbitas, la altura con el espacio abierto entre los frascos de conservas, donde se instalan las grasientas marcas de los dedos  de clientes lujuriosos, amasijos de fantasmas preparados por el brillo de los cinemascopios.

Cuánta desdicha hay en ese movimiento, cuanta paz hay en el silencio de las rocas.

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Freaks: Presentando a Diana Arbus y Tod Browning

Una primera aproximación al terror. El hombre encontrando como respuesta a una inquietud nacida de la más natural curiosidad, las puertas abiertas de lo grotesco: “Lo grotesco aparece cuando una carencia vital engendra grandes tormentos. […]La complejidad de lo grotesco reside en su capacidad de expresar una infinitud interior, así como un paroxismo extremo.”[1] Apenas se llega con la esperanza de comprender los límites de su visión, cuando esta elude violentamente, dejando la imagen propia en todo su esplendor de transparencia. Una imagen que es ambigua, que es extraña, que se dispersa por los laterales de lo que se objetiva como deseable.

En 1962 Diane Arbus, fotógrafa norteamericana, descubre en el New York Theatre de Manhattan  la película Freaks de Tod Browning, revelación que la haría redirigir sus convicciones, y enfocar su cámara ya no hacia las estériles pasarelas donde la alienación se presentaba como efecto digno de aprecio, sino en las calles, buscando documentar visualmente la imaginería reproducible alrededor de la gente colocada en la antípoda de la Sociedad. El resultado es una serie de retratos que muestran pasajes de lo humano, que se ocultan entre mecanismos como el maquillaje arquitectónico de la cultura y las exhortaciones destinadas a establecer hacía donde hay que dirigir la mirada. Estaba en medio Vietnam alimentando a la sociedad convulsa y autodeglutente, que al mismo tiempo creía tener como derivado de su Normalidad,  la moneda de cambio moral para escoger entre lo deseable y lo indeseable, lo propiamente natural y lo degenerado. Esa ambigüedad en las valorizaciones, es del mismo tipo que la que treinta años antes, Browning tomó para nutrir el terror y lanzar al aire respirado por el espectador la pregunta que cuestiona por la identidad de lo terrible: Brillo epifánico para la buena Diane; entre imágenes de personas con deformaciones de nacimiento (y ya la indicación va requiriendo un eufemismo), transexuales, prostitutas, yonkis, y de la satisfecha familia norteamericana, se van tejiendo historias de vértigo.

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Y ahora ¡que comience la función! Tod Browning, hombre de espectáculo, que a los  dieciséis años se fugó con el circo itinerante que recorría los extremos de los ríos Ohio y Mississippi, inició su travesía sirviendo de voceador: “<<Es una transmutación transmitida y traducida a decenas de miles de idiomas la que lleva emocionantes y estimulantes relatos a ciudades que bullen con millares y que transforman cosas manidas y endebles en auténticas verdades tremendamente densas>>”[2] gritaba, imitando el estilo del famoso agente de circos de finales del XIX Tody Hamilton, quien declaraba convencido: “dar a conocer un hecho mediante el lenguaje ordinario es permitir que surja la duda respecto al hecho en si”[3], lo cual remitía al uso de palabras pomposas como estrategia para dominar susceptibilidades.

Inmerso en el ambiente circense, Browning fue aumentando sus habilidades entreteniendo al público. Tras pasar por todos los gremios posibles,  alcanzó el punto álgido en su carrera de trotamundos representando a un “Cadáver viviente”, acto que se ejecutaba sepultándolo a dos metros bajo tierra, al interior de un ataúd dispuesto con ventilación especial y un compartimiento para guardar bombones cubiertos de chocolate. Los asistentes recibían entradas para el entierro y la exhumación, deleitándose con el regreso a la vida del muerto. La fructífera ilusión terminó cuando las autoridades de Madison, Indiana, prohibieron el espectáculo por violar el Sabbat y bajo el delito de fraude, multaron a la compañía por 14.07 dólares, cantidad que constituía el total de los ahorros de los integrantes.

La carrera en Hoolywood de Tod, comenzaría poco después, impulsada en sus inicios por su facilidad para desenvolverse como actor de comedias que se producían semana a semana, según el gusto de público que acudía a las salas a divertirse con esas farsas periódicas; llegaría con el tiempo a formarse como célebre director, teniendo en su haber más de cincuenta películas filmadas al momento en que llegó a sus manos el relato Spurs de Tod Robbin; en él se cuenta historia de un peculiar triángulo amoroso, entre un enano de circo cuyo acto consistía en montar elegantemente un perro blanco, y una pareja de jinetes; El pequeño hombre recibe una cuantiosa herencia, y pide en matrimonio a la amazona; esta pensando que la longevidad de los enanos es reducida, acepta pese a estar enamorada de su compañero, sabiendo que sin dinero nunca podrá casarse con él. En la fiesta para celebrar la unión, la mujer es rodeada por los hombres exhibidos como monstruos: microcéfalos, amputados, personas con retraso mental. Todos cantan y brindan en una enorme copa con la cual dan a beber a la mujer ovacionándola, como signo de inclusión en su grupo. Borracha, se exalta gritándoles que nunca será un fenómeno como ellos, y toma a su esposo como un niño sobre sus hombros, haciéndole “el caballito” y diciéndole que lo llevará a recorrer toda Francia. La historia desemboca en la mujer desfigurada por el sol y la fatiga, producto de la presión ejercida por su esposo para hacerla cumplir lo que borracha había dicho tan ufanamente, sirviéndose para esto de un látigo y unas espuelas; cuando su enamorado trata de liberarla del yugo del enano, muere entre las fauces del perro. La anécdota es modificada por Browning, para crear personajes dotados de bondad, marcando el contraste entre estos hombres rechazados por sus deformidades, y el mundo tratando de sacar ventaja de ellos, representado por la mujer (que para la película se vuelve una trapecista, amante del hombre fuerte del circo, y que en conjunto envenenan al pequeño Hans para quedarse con su fortuna) y su amante, quienes los toman como objeto de burla. Al darse cuenta de la estratagema que buscaba su muerte y la visión que su mujer tenía de todos ellos, Hans planea la venganza. Aun en cama,  exclama: Monstruos, repitiendo las palabras de repudio con que el mundo exterior los señalaba.

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La filmación duró nueve semanas, de octubre a diciembre de 1932, y utilizó personas que padecían las deformidades que necesitaban representar en pantalla. Entre varias complicaciones durante el rodaje, como la separación del grupo de estrellas circenses a un comedor distinto del resto de personas de la MGM, para evitar encuentros que otros actores y ejecutivos consideraban desagradables,  la película fue estrenada causando repulsión y terror (a pesar de la censura que había obligado a retirar media hora de película de la versión original). Rescatada por la época en que Diana la conoció, sería revalorada en la historia del cine, llegando a ser exhibida en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, junto a las fotografías de Arbus.

Digamos ahora, ¿Qué es lo grotesco?

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[1] E.M. Cioran. En las Cimas de la desesperación, p.37

[2] David J. Skal. Monster Show, p.30

[3] ibidem.


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¿Ves aquella luz? dijo el hombre. Es el campo, concluyó tras una brevísima pausa que incidía con rigor, a modo de una aseveración tajante ante la cual se perpetuaba la incapacidad de ejercer réplica. Fuerzas dormidas. Aligeraste los hombros al instante de murmurar esas palabras. El campo radiaba una luz fantasmagórica, y el hombre que se había bajado del burro para sentarse en torno a la fogata, tenían en el rostro huellas de un cansancio que le antecedía. Entre las runas de su piel se asentaba la historia completa de la línea familiar, con su especial dosis de encuentros, corazones rotos, incestos, perjurios, odios, búsquedas, frustraciones. Temiste que a su vez el fuera capaz de leer en ti los mismos signos, adivinar con la asechanza de un vistazo la ilegitimidad del nacimiento de alguno de tus abuelos, la enfermedad que había hecho a tu padre un hueco estertor incapaz de levantarse de la cama. Resignado dirigiste la mirada al fuego. Sabías que ya te estudiaba. Bastaría con que los ojos se posaran más detenidamente entre las facciones, para que de tanto mirarte bajo las llamas haciéndose sombras en su marea, llegara a conocerte más de lo que toda tu vida cargada a fuerza de toser y respirar te plantearía enfrente, afilada como una caja sin cerradura. Aligeraste tus manos sacudiéndolas tibiamente contra la oscuridad. Te colocaste el sombrero mientras montabas el burro que te llevaría a la hacienda. ¿Ves aquella luz? le dijiste al hombre sentado que te miraba perplejo. Es el campo.

De lo onírico

Esto es despertar, sentir el cuerpo dando vueltas sobre si mismo. La sed comienza en la noche, uno se levanta, toma un poco de agua, y vuelve a acostarse. Esto es ceder la conciencia. Tomar agua para después acostarse, es beber un trago de lucidez y de nuevo el sopor. Los ojos cerrándose para que el interior de la cabeza permanezca sin iluminación, para no despertar fantasmas. El interior de los sueños es un hervidero de ideas que se suceden sin orden fijo. Pero enseguida la continuidad individual, aquello que permite afirmar la trivial identidad del “yo soy yo” se desvanece, y será después, cuando el día siguiente con sus estrellas y movimientos perpetuos rehaga el espacio entre el sueño y el despertar, que la memoria reconstruirá esa tautología de saberse uno mismo.

Bostezar: es encontrar rastros del sueño sobre las sábanas. Habría jurado que pasillos, ventanas, puertas, calles, piedras, luces, aves, ojos ávidos, tactos, eran solo un sueño, pero me encuentro en uno de esos cuartos de hotel, lujoso y desconocido, con rastros de un incendio –metafísico- al lado. Me levanto. Doy unos dudosos pasos hacía la sala de la habitación, y veo a un pequeño alebrije recibiendo con agrado la visita de quien dormido, lo había invocado. Todo es concatenar, lo reconozco, abrazar un eslabón a otro conforme van llegando sin detenerme a pensar si encajan correctamente, o si el enlace resulta forzado. El alebrije me reconoce, ¿pez o alebrije?, y cuando la tensión mantenida por dos quietas miradas llega a vorágine de colapso, entra mi mujer con el desayuno: unos sándwiches recién comprados en un puesto callejero de allá abajo, y una bandeja con frutas de estación. Todo se queda fijo como una fotografía.

Sentados en la mesa, hay un silencio incomodo, pero comemos. En seguida mi mujer me expresa su duda telequinéticamente: “Si este es Richard Foe, la misma persona que conocemos, me pregunto si ha tenido una historia corporal continua desde la última vez que lo vi”, a lo que le respondo con el mismo mutismo: “No nos queda más que tener fe, y la precaución dispuesta”. Richard Foe, ejecutor demente, nos alarga una carta…


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