Posts Tagged 'Mixcoac'

Weekend

Ahora si que no aguanto más. Puedo entender el arrebato, pero no aguanto más. Me voy cayendo, con el arma en la mano, sosteniendo las últimas miradas que buscan a alguien que pueda tenderles la seguridad del minuto siguiente, aunque sea solamente la sensación fría que recorre la espalda, el sudor de las manos, el miedo que sube a la cabeza como una presión que pareciera querer estallar; lo que quieren es la certeza provisoria de saber que tendrán un futuro capaz de prolongarse por muy delgado que sea su espesor, pero un futuro al fin de cuentas; que sea como un ancla o un molino es lo de menos. Denme un punto de apoyo y moveré al mundo decía Galileo. Esta base es mucho más modesta e intuitiva, busca la sobrevivencia biológica en el seno de lo inorgánico. Ser una piedra o un frasco de humo, pero ser.

Siento el arma retroceder tras el primer disparo. Mi caída es una caída oblicua,

Paso es el paso del mulo en el abismo,

y al final árboles encajo en todo abismo.

Cuerpo, quien fuera cuerpo y más cuerpo.

Escucho un grito desgarrado, la confesión de impotencia. La impotencia del cuerpo cálido por resistir al embate del bólido extraño que penetra como el fuego, metalurgia sagrado.

Todo se fragmenta. El tiempo, con su locura de órbitas, la altura con el espacio abierto entre los frascos de conservas, donde se instalan las grasientas marcas de los dedos  de clientes lujuriosos, amasijos de fantasmas preparados por el brillo de los cinemascopios.

Cuánta desdicha hay en ese movimiento, cuanta paz hay en el silencio de las rocas.

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¿Ves aquella luz? dijo el hombre. Es el campo, concluyó tras una brevísima pausa que incidía con rigor, a modo de una aseveración tajante ante la cual se perpetuaba la incapacidad de ejercer réplica. Fuerzas dormidas. Aligeraste los hombros al instante de murmurar esas palabras. El campo radiaba una luz fantasmagórica, y el hombre que se había bajado del burro para sentarse en torno a la fogata, tenían en el rostro huellas de un cansancio que le antecedía. Entre las runas de su piel se asentaba la historia completa de la línea familiar, con su especial dosis de encuentros, corazones rotos, incestos, perjurios, odios, búsquedas, frustraciones. Temiste que a su vez el fuera capaz de leer en ti los mismos signos, adivinar con la asechanza de un vistazo la ilegitimidad del nacimiento de alguno de tus abuelos, la enfermedad que había hecho a tu padre un hueco estertor incapaz de levantarse de la cama. Resignado dirigiste la mirada al fuego. Sabías que ya te estudiaba. Bastaría con que los ojos se posaran más detenidamente entre las facciones, para que de tanto mirarte bajo las llamas haciéndose sombras en su marea, llegara a conocerte más de lo que toda tu vida cargada a fuerza de toser y respirar te plantearía enfrente, afilada como una caja sin cerradura. Aligeraste tus manos sacudiéndolas tibiamente contra la oscuridad. Te colocaste el sombrero mientras montabas el burro que te llevaría a la hacienda. ¿Ves aquella luz? le dijiste al hombre sentado que te miraba perplejo. Es el campo.


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